Busco tu boca, esquiva a veces,
en otros instantes ávida de mis besos, de mi lengua y de mis dientes,
de mi saliva y del dolor de morder tus labios y arrancar un poco del vital
gemido que corre por tus venas.
Te beso a oscuras, a tientas casi,
perdido en el universo de tu abrazo y sintiendo el suave pegamento de tu sudor obligándome a adherirme a tí, como si el imán de tu pecho me atrapara, irremediablemente,
obscenamente,
convirtiéndome por artes que no entiendo en tu mísero satélite.
Mi lengua, transmutándose en miel, atrapa tus pezones y les transfiere la inteligencia que necesitan para responder, para defenderse como pueden,
empujando,
rechazando el asedio,
devolviendo al espacio el volumen que robaron...
Tu piel, plagada de accidentes, eriza los batallones de ínfimos pelos
cual si fueran tentáculos en busca de envolverme y tu olor emana desde el centro,
desde tus antros milagrosos
y los recovecos de tu alma
para inundar ese segundo fatal de mi vida,
esa fracción de tiempo en que te pertenezco y me deglutes,
en el que, sin reparos, te apropias de lo mío a cambio de dejarme el ruido inexorable de tus vertientes y tus fuentes, el crujir de tus huesos
y el dolor de saber que te he perdido.
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Dolor
@ 2006-01-03 – 16:40:16